
Ayer al salir del trabajo, paré el carro en un recoveco del boulevard y me fui a caminar. Enfilé por la banqueta hacia arriba. Es bonito ese lugar.
Ya empieza a hacer frío. Después de los más de 45 grados del calor de agosto, pues el clima de este mes es muy agradable. Así que lo primero que sentí fue el viento fresco en mis brazos y cara.
Ya empieza a hacer frío. Después de los más de 45 grados del calor de agosto, pues el clima de este mes es muy agradable. Así que lo primero que sentí fue el viento fresco en mis brazos y cara.
Los zapatos de vestir, calzados en mis pies no me restaron libertad en los pasos.
Desde hace como dos años y medio voy a caminar en las noches. Llego a la casa, me pongo tenis y salgo hacia el sendero del bordo.
Lo hago con disciplina desde que enfermé. Antes no; sabía que lo necesitaba, había hecho el intento y me sentía bien, pero otras cosas, según yo más importantes (como dejar la cocina limpia, la comida de otro día, etc) me hacían desistir.
Decía entonces, que anoche no llegué hasta la casa.
Eché a andar; arriba las estrellas y un cielo despejado. A la izquierda el tráfico como un río inconciente. A la derecha las luces de la Ciudad muy atrayentes para mis ojos. Al frente solo ir y seguir. Y siempre, ese aire de vida llenando mi respiración.
No recorrí mucho, quizás como dos kilómetros. Y no es que todo me sea color rosa en esas caminatas. La pesadez en mis piernas y en mi cuerpo me hacen ser conciente de una lucha constante. Voy un poco "borrachita", inestable. Las banquetas y las guarniciones, al cruzarlas, se me agrandan a veces. Voy lento, como hace mucho, con cuidado. En ocasiones me percibo como un niño viejo aprendiendo nuevas formas.
Pero me hace mucho bien saber que puedo. Y esa sensación de ir abriendo caminos me gusta. Por ahora no la cambio.